Desde pequeños se nos enseña que en la planificación se encuentra el éxito de la felicidad; que, en la medida en la que nos anticipemos a diseñar y planificar una vida, más probabilidad tendremos de conseguirla. Desde la escuela hacemos cartillas pensando en lo que algún día queremos conseguir: ese trabajo soñado, esa familia que construiremos y ese yo del futuro que tendrá todo resuelto. No solo es algo personal, de hecho, es algo socialmente estipulado. Siempre nos llenan de preguntas como: «¿qué quieres ser?», «¿qué quieres estudiar?», «¿qué vas a hacer cuando termines el colegio?», «¿qué trabajo vas a conseguir cuando acabes la universidad?». Esto se convierte en un ciclo interminable de preguntas que nos van creando un miedo y una inseguridad acerca del tan anhelado futuro; de ese lugar más allá donde se supone que todo estará terminado, pero que, a medida que vamos creciendo, lo vemos más a la distancia.
Esta sensación de angustia no solo viene de nuestro entorno cercano. Actualmente existe un universo en las redes donde se nos bombardea con vidas perfectas, trabajos idílicos y relaciones perfectas que solo aumentan la anticipación y van deteriorando la experiencia de la vida en el presente. Nos convertimos, así, en individuos sin capacidad de disfrutar los procesos naturales de la vida por enfocarnos plenamente en el resultado. Prestarle atención a esto es el primer paso para entender si lo que siento es algo manejable o por el contrario algo que empieza a deteriorar mi vida cotidiana.
Por qué tu cerebro anticipa amenazas: neurobiología del miedo al futuro
Para entender que nos ocurre, debemos tener claridad sobre un hecho fundamental: nuestro cerebro no evolucionó para hacernos felices, sino para mantenernos vivos. Por esta razón, una de sus funciones principales es la anticipación de escenarios catastróficos, pues en el pasado, prever lo peor proporcionaba una mayor probabilidad de éxito y garantizaba la supervivencia de la especie. Nuestros ancestros necesitaban esa sospecha constante para no ser devorados.
Sin embargo, la paradoja moderna ocurre cuando esa alarma se queda encendida de forma permanente. Algo que en un principio era protector y adaptativo, se convierte en un mecanismo que nos genera un profundo deterioro. Esto sucede porque nuestra mente no logra distinguir un peligro real —como estar frente a un animal salvaje o un coche que frena de golpe— de un peligro puramente imaginario —como pensar a medianoche en si nos alcanzará el dinero para la jubilación dentro de treinta años—. Para el cerebro, ambos escenarios se sienten con la misma intensidad y ambos desencadenan exactamente las mismas consecuencias físicas y emocionales
Entender que nuestro sistema de alarma funciona de esta forma nos permite ser más compasivos con nosotros mismos, y nos ayuda a comprender que ese miedo ante lo desconocido es, hasta cierto punto, una respuesta natural de nuestra biología. Sin embargo, aprender a diferenciar una respuesta natural de una respuesta desproporcionada nos proporciona un mayor entendimiento y, sobre todo, la posibilidad de buscar ayuda en el momento indicado.
Qué es la ansiedad por el futuro: diferencia entre preocupación normal y Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG).
Para empezar, es necesario entender el factor protector y evolutivo de la ansiedad. En realidad, esta nace como un recurso adaptativo para enfrentar situaciones de riesgo. Comprender esto es vital pues ninguna preocupación es, por sí sola, una patología. El hecho de que en algunos momentos nos inunde un poco de angustia por lo que seremos más adelante no significa que estemos atrapados en un laberinto sin salida. Por eso, desde mi experiencia en la práctica clínica, quiero presentarte los puntos clave que nos permiten trazar esa línea divisoria entre lo que nos protege y lo que nos paraliza:
- Cuando moviliza vs cuando frena: Uno de los puntos que me permite explicarle a mis pacientes la diferencia más notoria es el ejemplo de un examen, una exposición o una entrevista de trabajo al día siguiente. En la preocupación normal, ese escenario se convierte en un impulso que nos moviliza a la acción. Aunque aparezca la angustia y esa típica sensación de nudo en el estómago, utilizamos esa energía displacentera para estudiar y prepararnos un poco más. Quiere decir que, a pesar del malestar, nos movilizamos.
Por el contrario, cuando hablamos del TAG, lo que ocurre con esas mismas preocupaciones es que se convierten en bucles de rumiación. Esto, en vez de movilizarnos, nos paraliza y se transforma en un freno para nuestra conducta. Tener un examen mañana ya no es solo un examen; se convierte en un cuestionamiento sobre si tomamos la decisión correcta con la carrera o si realmente podremos ser alguien en la vida. En lugar de estudiar, la mente se paraliza. Aparecen la evitación y la postergación como un intento de aliviar la angustia inicial, lo que lamentablemente cronifica el malestar a largo plazo.
- El interruptor de apagado Otra de las pistas clave que nos ayuda a diferenciar ambos estados es su recurrencia y cronología. Cuando hablamos de una preocupación normal por una situación específica —como el examen que se debe presentar—, el malestar tiene un inicio, un desarrollo y un final muy claros. Esto significa que, después de presentar la prueba, la angustia disminuye y el cuerpo entra en un estado de mayor relajación.
Sin embargo, en el TAG ocurre todo lo contrario: el bucle de pensamiento nunca cesa. Esto nos somete a un estado de estrés sostenido que no se reduce ni siquiera cuando la situación inicial ya se ha resuelto. Por el contrario, la angustia se desplaza de forma interminable. Después del examen, la mente salta a la preocupación por el resto del semestre; luego, por el futuro de la carrera; y, finalmente, por el miedo a no conseguir un trabajo cuando todo termine. La meta siempre se mueve de lugar
- Las señales en el cuerpo; El tercer punto fundamental se evidencia en el cuerpo. Ante una preocupación normal, el impacto físico apenas se nota; tal vez se dificulte un poco conciliar el sueño la noche anterior al examen o se pierda momentáneamente el apetito. Sin embargo, en el TAG la ansiedad se instala de forma crónica en el organismo, manifestándose a través de una cadena constante de síntomas: palpitaciones, taquicardia, dolor mandibular por tensión, sudoración, dificultad para respirar o sensación de ahogo. También es común experimentar enrojecimiento, hormigueo, insomnio recurrente e incluso alteraciones drásticas en la alimentación, que van desde la falta total de hambre hasta ingestas compulsivas.
Todo esto nos demuestra que, ante el TAG, el cuerpo es el que termina pagando el precio más elevado. De hecho, esta saturación física suele ser la razón principal por la que la mayoría de las personas deciden dar el primer paso y consultar con un profesional de la salud mental.
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Después de ver estas diferencias divisorias que permiten tener un mayor entendimiento, lo que te planteo a continuación son unas sencillas prácticas basadas en evidencia que puedes utilizar en tu cotidianidad y que nos permitirán desarrollar la habilidad en el cerebro de técnicas de flexibilidad psicológica, para disminuir la rumiación, la anticipación y el malestar sostenido.
- Reestructuración cognitiva: Esta es una de las herramientas más utilizadas desde el enfoque TCC. El objetivo no es cambiar los pensamientos por unos más positivos u optimistas; de hecho, lo importante es poder ver evidencias más realistas y objetivas, aprendiendo la capacidad para filtrar nuestros propios pensamientos a través de preguntas como: ¿qué evidencias tengo de que esto realmente sea así?. En lugar de fusionarnos con el pensamiento lo observamos de forma objetiva, diferenciando un pensamiento de un hecho real u objetivo.
- Exposicion gradual a la incertidumbre: Esta herramienta nos invita a romper de forma directa con esa necesidad de planificarlo todo que se nos ha enseñado desde pequeños. Como vivimos enfocados plenamente en el resultado y en la búsqueda de certezas para calmar la angustia, la exposición gradual nos propone realizar pequeños experimentos cotidianos donde nos permitamos no saber qué va a pasar. En la consulta, esto lo planteamos a través de retos sencillos en el día a día: ir a un lugar nuevo sin mirar todas las reseñas en internet antes, delegar una tarea sin revisar el progreso cada cinco minutos, o simplemente salir a caminar sin un rumbo fijo. Al tolerar esa incomodidad inicial de no tener un guion establecido, le demostramos a nuestro cerebro que la falta de control no es un peligro real, permitiéndonos romper el bucle de la anticipación y ayudándonos a recuperar la capacidad de disfrutar de los procesos naturales de la vida, sin la obligación de asegurar el resultado.
- Aceptación radical: Anclarse en el presente: A través de esta herramienta podemos entender que el sufrimiento no viene solo de la incertidumbre, sino de la resistencia interna del «necesito saber cómo será mi vida». Cuando hablamos de aceptación radical significa que, si bien no tenemos la posibilidad de cambiar la forma como experimentamos el presente, dejamos de pelear contra él. No se trata de una renuncia pasiva o de que nos tenga que gustar la falta de certezas; por el contrario, consiste en asumir la realidad tal y como es hoy.
Recordar que nuestra vida no está en el futuro, sino en el aquí y el ahora, tal vez sea ese tan anhelado éxito; uno que puede estar más cerca de lo que pensamos, pero que solo encontraremos si le prestamos atención.
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