El Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG) es una condición que se caracteriza por una preocupación persistente, excesiva e irreal sobre situaciones diversas de la vida cotidiana. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca del 4,4% de la población mundial padece este trastorno, el cual genera un ciclo interminable de agobio y preocupación que interfiere significativamente en la vida de las personas.
Es posible que muchas veces hayas experimentado una etapa de mayor angustia y malestar, y te hayas sentido en un laberinto sin salida. A lo largo de este blog, te compartiré una experiencia real de una persona que ha atravesado este trastorno en carne propia y que, tal vez a partir de su vivencia, puedan generar mayor entendimiento. Recuerda que el apoyo psicológico juega un papel fundamental para el manejo de la ansiedad; entender cómo funciona y qué herramientas podemos utilizar puede ser un primer paso hacia la recuperación
Antes de iniciar es importante mencionar que la información de la paciente fue modificada, con el fin de proteger su identidad, pues el fin único es poder compartir su experiencia personal.
El fin de un nuevo comienzo.
Puedo decir que toda mi vida he sido una mujer carismática, soñadora, cercana y muy empática. A pesar de crecer en un entorno conflictivo, la respuesta nunca fue la ira y el enojo; por el contrario, siento que entre más sufría y era lastimada, más amor intentaba dar a la gente que yo amaba. Pero hoy, al verlo desde la distancia, creo que el intentar sostener me fue generando un desgaste, un colapso que solo yo podía ver y que se fue incrustando de a poco en mi vida.
Recuerdo muy bien el momento en que los primeros síntomas aparecieron. Un día, mientras estaba con mi novio, empecé a sentir que mi corazón latía con más fuerza y empecé a respirar con más dificultad. Puedo decir que era una sensación extraña, pues sentía cómo iba creciendo un nudo en mi estómago que, progresivamente, se iba haciendo más grande hasta sentirlo en todo mi cuerpo. Justo en ese momento había pasado por muchos cambios en mi vida: recién me había mudado con mi pareja y estaba dando un salto importante al dejar a mi familia en otro lugar. Siento como si fuera ayer el peso de las dudas que me asaltaron: me cuestionaba todo el tiempo si había sido la decisión correcta y si sería capaz de sostener una vida que ahora dependía por completo de mí.
Fue entonces cuando mi mente empezó a hablarme con hostilidad, como si un extraño se hubiera instalado dentro de mí para hundirme en lugar de ayudarme. Si hoy la angustia era no tener el dinero para el alquiler, al día siguiente mutaba en una duda sobre si era una buena novia, y más tarde, en si realmente yo valía la pena. La cotidianidad se volvió una carga tan difícil de asumir que la respuesta fue paralizarme: prefería no enviar hojas de vida para evitar el rechazo, o no presentar exámenes por miedo a reprobar. En mi cabeza ya había asumido que no era capaz. Así, me fui alejando del mundo para encerrarme en mis propios pensamientos.
Un día, ese agobio constante se intensificó tanto que dejó de ser una simple falta de aire; empecé a sentir, con total certeza, que me estaba muriendo. La opresión fue tan angustiante que solo podía llorar y repetirme que no quería morir. Mi pareja, al ver la gravedad de la situación, me llevó de urgencia. Fue en ese hospital donde todo terminó de cobrar sentido, Sali con u diagnóstico de Ansiedad Generalizada (TAG), cuando me mencionaron los síntomas, era como si estuviera describiendo mi vida durante los últimos 2 años, cada palabra conectada de manera perfecta con mi historia. En un principio siento que entre en un vacio negro, no veía una salida clara, y siento que en lugar de ayudarme ese diagnóstico me desmorono. Durante las primeras semanas no quería salir de mi casa, me sentía extraña y sentía que no me reconocía. Aquella mujer carismática que alguna vez fui había desaparecido y eso me generaba rabia y dolor.
Un día, después de cuestionarme mucho, tomé la decisión de buscar ayuda. Anteriormente había estado en el psicólogo, pero nunca sentí la necesidad de volver; cuando empezaron los síntomas, siempre pensé que yo sola podría ayudarme. Puedo decir que fue un proceso lento, donde aprendí a conocerme, pero, sobre todo, a tener más compasión de mi propia vida. Entendí que durante mucho tiempo brindaba mi empatía como forma de demostrar amor, pero nunca sentía esa misma empatía por mí misma. Por el contrario, cada vez me volvía más exigente: quería ser siempre la amiga que ayudaba, la novia que escuchaba y la hija que estaba para sus papás, a pesar de estar quebrada por dentro.
Fueron meses de trabajo y puedo decir que, hasta el día de hoy, sigo en proceso de entenderme. Sigo aprendiendo a aceptar las emociones y la incertidumbre de la vida; a entender que no necesito sostenerlo todo y que, en algunos momentos, yo también puedo ser sostenida. Hoy entiendo que tal vez siempre atravesaré momentos complejos en mi vida y que muchas veces volveré a sentir preocupación y angustia, pero ya no necesitaré encontrar todas las respuestas de inmediato. Mi objetivo ahora es saber que puedo sentir, que me puede doler y que me puedo recuperar.
Hoy siento que ese momento tan difícil fue el fin de un nuevo comienzo; que gracias a eso ahora puedo entender el mundo desde un lugar diferente. Quería plasmar mi experiencia porque sé que muchas otras personas pasan por lo mismo, y quiero decirles que no están solos. Tal vez el camino no se vea tan fácil, pero siempre existirán formas nuevas de conocernos mejor, de entendernos y de acompañarnos cuando todo no sale como esperamos. Esta es una invitación para ti: si necesitas ayuda, siempre será un buen momento para iniciar. Tal vez hoy sea el fin de un nuevo comienzo.
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Conclusiones
Aceptar que se padece el Trastorno de Ansiedad Generalizada es, paradójicamente, el primer paso para mejorar. La recuperación no es un evento lineal ni implica la desaparición mágica de las preocupaciones; consiste en cambiar la relación que tenemos con nuestros pensamientos. Cuando empezamos a ver la incertidumbre como algo natural y cuando dejamos sentir las emociones sin juzgarlas, les estamos enseñando a nuestra mente a entender que el peligro que sientes no siempre deberá ser atendido.
Buscar psicoterapia puede ser un primer inicio para reorganizar el caos interno. A través de herramientas clínicas es posible aprender a sostenernos a nosotros mismos sin cargar el peso del entorno. La ansiedad puede ser una parte del camino, pero nunca debe ser el destino final. Si te identificas con este relato, recuerda que levantar la mano y pedir ayuda no te hace vulnerable; te devuelve el control de tu propia historia.
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